¿Cómo llegó la Argentina a tener los mejores caballos de polo del mundo?

La transferencia embrionaria y la audacia de los criadores argentinos revolucionaron a la industria local y la posicionaron en una cima inalcanzable a nivel mundial.

Los mejores ejemplares de polo pueden llegar a valer alrededor de 100.000 dólares. Sobre la hegemonía de la Argentina en el polo mundial no hay discusión posible. Es, tal vez, la única disciplina en la que nuestro país domina ampliamente sobre todos los demás. Y eso no es solo mérito de los extraordinarios jugadores que nacen en estas pampas, sino también de los caballos, que son quienes hacen el mayor desgaste físico adentro de la cancha, dotando al deporte de una belleza y espectacularidad inigualable. Hasta la década del 80, los caballos que jugaban al polo de alto handicap eran simplemente los mejores de un gran acopio que hacían los jugadores y algunos criadores, sin demasiado rigor en el registro genético. Eran, en su mayoría, resultado de la cruza de caballos de carrera retirados con yeguas mestizas, una combinación que con el correr de las generaciones derivó en un rodeo de caballos con una mayoría de sangre pura de carrera (SPC) pero con una contextura más pequeña, apta para el polo. El seguimiento cercano de los animales es fundamental para ayudarlos a alcanzar su máxima performance. Entonces llegó un hito que revolucionó a toda la industria: la transferencia embrionaria. A fines de los 80, utilizando esa técnica reproductiva, un experto australiano generó un fenomenal salto de calidad en las yeguas de la familia Heguy, en La Pampa. Unía los ovulos de las mejores yeguas con el semen de un gran padrillo, y los embriones se implantaban en el útero de yeguas comunes. Se aceleraban los tiempos de reproducción, y una yegua que estaba jugando la final del abierto de Palermo podía, al mismo tiempo, tener cuatro o cinco crías naciendo en el campo. Pero el salto no era gratuito, había que apostar, y así fue como se desencadenó un aumento en el valor de todos los eslabones de la cadena. “Antes, el costo de producir un potrillo prácticamente no se contaba, la doma la hacía el mismo paisano que domaba todos los caballos en el campo y era el jugador quien lo hacía de polo. Pero cuando para sacar un potrillo hubo que empezar a poner plata desde antes que nazca, los criadores empezaron a invertir más también en su doma y en su cuidado. Ya no daba lo mismo si el animal se curaba bien o no. Se profesionalizó el trabajo de los domadores, de los hacedores y de los veterinarios”, explica Juan Llorente, médico veterinario con amplia trayectoria en el mundo de los caballos de polo. Y agrega que antes de ese giro tecnológico, la única actividad para los veterinarios de caballos eran los caballos de carrera, el caballo de polo era algo totalmente secundario. Llorente trabajó con muchos de los mejores criadores de caballos de polo de la Argentina, como Jorge Mc Donough, Gonzalo Pieres y Gonzalo Tanoira.

Llorente trabajó con muchos de los mejores criadores de caballos de polo de la Argentina, como Jorge Mc Donough, Gonzalo Pieres y Gonzalo Tanoira. “Con todo esto hubo un cambio muy grande. Aparecieron centros de embriones y empezó a hacerse reproducción con muy buenos resultados a nivel mundial. La Argentina fue pionera, desarrolló recursos humanos muy buenos en cada especialidad que hoy son reconocidos en los congresos más importantes del mundo”, destaca Llorente. Por aquellos años, Gonzalo Pieres había hecho un convenio para la venta de yeguas de polo con un patrón de los Estados Unidos, y a partir de este cambio de paradigma decidió empezar a repatriar a los mejores ejemplares para producir crías en la Argentina. Una de ellas fue la Luna, una yegua emblemática con la que Pieres había llevado a La Espadaña a ganar el Abierto Argentino y que, gracias a esa repatriación y la transferencia embrionaria, dejó toda una familia de caballos exitosos en la Argentina. Después, el magnate australiano Kerry Packer, también en sociedad con Pieres, llevó el negocio más allá y empezó a reclutar caballos propios y ajenos de todo el mundo. “Todas las estrellas de polo retiradas del mundo vinieron a Argentina. Fue un aporte genético fenomenal de sangres australianas, americanas, inglesas, sudafricanas… de todo el mundo. Un salto cualitativo enorme para el rodeo local”, comenta Llorente, quien para esa época -alrededor de 1993- trabajaba en el campo de la familia Pieres en Casbas, provincia de Buenos Aires, con todos estos caballos.

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